Caí desde una estrella negra.
La melancolía y la tristeza
eran el fulgor de los días.
En las veredas de la conciencia
estallaba la metáfora.
Se desangraba sin remedio.
Caí como una hoja desatada.
Entregado a los tópicos azules.
Llegué con libros y cuadernos.
Con suspiros y deseos
buscando patria y música.
Llegué a este territorio de letras.
Hoy visto con los mismos colores
que antes me conocías.
Hoy tengo las pupilas llenas
de sangre...
de fin...
Cargo de ataúdes parlantes
cada espacio de mi sombra.
Desde el cielo vienen apagando los sueños.
Sobre la costa se tiende un sol negro.
Las aves poco a poco
se van comiendo su corazón vagabundo.
Cargo de velas apagadas
la paciencia de un secreto.
Una mariposa
como un punto en la lejanía
quiebra con sus diminutas alas
una esperanza en mi poesía.
Camino pausado.
En los bolsillos llevo el arte y la magia.
Camino meditabundo.
Las manos toman aire.
Piensan quedarse grabadas en él.
Mil hojas caen como yo
en un bosque llamado eternidad...
Allí sembré mi amor
sobre mil planicies verdes.
En un tiempo
bajo otro sol y otra piel
decidí de un momento a otro
detener mi corazón.
Sin explicación.
Callarlo.
Con cuchillas de palabras heladas.
Simplemente decir no a los latidos.
Sentado sobre una golondrina
decidí volver al silencio.
Sin justificación.
Sin decir verdades a medias.
Sin mirar lo pétreo de mis nostalgias.
Sin vacilaciones y rencores.
Dejé caer sudor.
Dejé caer amor
los párpados pesados como hierros.
Sentado sobre una golondrina
mi corazón se detiene.
Lentamente empiezo a escribir:
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