Estoy colocando espejos a la luna que llora a la fría poesía
que descansa en su faz.
Ella muerde mis pies.
El grito lo acallo con mi memoria muerta y con una flor de papel.
Mi cuerpo un laberinto sin nombre
cae desmayado por el dolor sobre una blanca caricia.
Rastros de tierra sucumben en mí desfallecer.
Despierto y camino invisible
después de estar encerrando luciérnagas de cristal.
sobre una luna que no despierta.
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