domingo, 28 de junio de 2009

Poema de sangre y de fin (III)

Me oculté nuevamente.
Hasta perder la esperanza.
Cubrí de negros atardeceres mis libros.
Inmortalicé mi nombre entre poetas.
Marché por calles como un loco.
Desangre las lámparas del tiempo.
Hasta que en la distancia divisé su castillo.
Desde lo alto de mi cúpula enferma
le escribí...
Escribí montones de cartas anhelantes.
Con mi verso arcano la seduje.
La traje con mis artilugios depresivos.
Me quedé un momento en sus ojos.
La llamé princesa estrella.
Me enamoré de ella
para morir de amor a pesar de su distancia.
Hoy la llamo por última vez:

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