Vivías en tus ojos y hacia los míos saltaste
con cordeles de corales y palabras de amante.
El encanto sobrevino a mí
cuando el paraíso arraigaba sus raíces
dentro de nuestras mentes.
Escondías en tus manos
dos lágrimas con forma de cristales
y sin pensarlo en las mías las dejaste.
Una sonrisa tímida brotaba de tus labios
pero tú desaparecías siempre
junto con la lluvia que moría con la tarde.
Encumbraste tu tersura en mi terciopelo corpóreo.
Lejos, mil vientos vestidos de tornasol
giraban y ululaban en el tiempo.
La soledad no tenía refugio ni razones para quedarse
porque los amantes viajaban a su destino
donde no cabía la tristeza
sólo el cielo con su color penetrante.
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