sábado, 30 de enero de 2010

Siete.

Vivías en tus ojos y hacia los míos saltaste

con cordeles de corales y palabras de amante.

El encanto sobrevino a mí

cuando el paraíso arraigaba sus raíces

dentro de nuestras mentes.

Escondías en tus manos

dos lágrimas con forma de cristales

y sin pensarlo en las mías las dejaste.

Una sonrisa tímida brotaba de tus labios

pero tú desaparecías siempre

junto con la lluvia que moría con la tarde.

Encumbraste tu tersura en mi terciopelo corpóreo.

Lejos, mil vientos vestidos de tornasol

giraban y ululaban en el tiempo.

La soledad no tenía refugio ni razones para quedarse

porque los amantes viajaban a su destino

donde no cabía la tristeza

sólo el cielo con su color penetrante.

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