Despertó el sol…
Mi cuerpo estaba guardado en una caja.
Una sustancia de cielo permanecía en los labios.
Al abrir los ojos fue todo un desafío.
Miré cuan indómita era la tierra.
Despegué los pies de donde me encontraba.
El andar era sincero.
Inevitable saltar de un sueño a lo real.
El río que se encontraba de rodillas a un lado
lavó mi rostro y me preparo para el viaje.
Sobre mis manos
el sol se transformó en mi linterna.
El empezó a recitar con su voz grave
poemas de oro-papel sobre el camino.
Las gotas de sudor se iban a morir en la tierra.
Paso a paso en búsqueda.
Paso a paso tras una nube que no aparecía.
Mis pies descalzos dejaban tras de si
inmensos secretos en la arena.
Mis pensamientos salían
y estallaban en el aire como dulces burbujas.
Hundidos por toda la arena
fui encontrando mis juguetes.
Las lágrimas llenaron
el espacio de infancia.
Las lágrimas atraparon
el primer latido de alegría.
Siendo yo aún niño
vi mi avión amarillo cruzar mis tormentas.
Aterrizaba feliz en el andén de mis sueños.
Diseminados por todos lados.
Fui encontrando tantas caricias
como huellas incesantes.
Como automóviles adormecidos de frío.
Como libros dormidos bajo el aguacero.
Como cruces de fuego en las paredes.
Como luces de placer en las puertas.
Como una colección de piedritas pintadas.
Como farolas arrepentidas en las calles.
Como frases seculares en los asientos.
Así me acompaño
por toda la orilla del mar
el aire y la sombra.
Entendí que ningún atardecer
por muy mágico que sea
es igual a otro en esta infancia.
Golpeó mi vista
una cuchara colgada del cielo
como dejando avisos a cada viajero.
Las estrellas empezaban a dormirse
abrazadas al canasto de penas sobre la arena.
El tiempo, como yo
se divertía encumbrando tormentas.
Otro golpe en la memoria
dejó sentir sus ondas por el espacio.
Las galaxias como hojas de árboles
se dejaron acariciar por el viento arropado.
Arrodillado
con las pupilas colgadas en la palabra
busqué entre los libros de poesía
alguna imagen semejante a esta.
No encontré alguna…
Una lagrima de cristal
arrancada de la mejilla de una mujer
como un pétalo desesperado
se sujetó a mis pensamientos.
La luna que apareció con los ojos contorneados
sugirió esconderse en el manto de nubes
que acorralaba los latidos de mi búsqueda.
Me quede estático como árbol,
pero a la vez permanecí libre como un clavo.
Alrededor de mi silencio
permaneció súbitamente
el movimiento de las cosas.
La oscuridad me dejo ciego al lado de la ruta.
Me cubrí con el sereno que caía.
Me fui dormir en un rosal sin espinas.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario